190 años de música y compromiso con Sanlúcar de Barrameda

Historia de la Banda Julián Cerdán

La Banda de Música Julián Cerdán de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) es una de las formaciones musicales civiles más antiguas de España, con una trayectoria marcada por el servicio a su ciudad, la excelencia musical y una profunda vinculación con su vida cultural e institucional.

Este recorrido histórico permite comprender la evolución de la banda, su papel como referente musical y su proyección actual, sin perder las raíces que la han convertido en una institución imprescindible en la historia musical sanluqueña.

ca. 1837-1904

Los Duques de Montpensier establecieron en Sanlúcar su residencia veraniega, y por ellos el Ayuntamiento municipalizó la banda de la ciudad en 1852.

Creación de la Banda de Sanlúcar

La banda de música en Sanlúcar de Barrameda surge en el contexto de transformación social y cultural que se produce a lo largo del siglo XIX, cuando la música comienza a desligarse progresivamente del ámbito estrictamente religioso para incorporarse a la vida civil. Hasta entonces, la actividad musical organizada había estado vinculada a las capillas de la iglesia mayor de Santa María de la O y del santuario de Nuestra Señora de la Caridad, pero la secularización de la sociedad y la difusión de la enseñanza musical favorecieron la aparición de músicos formados fuera del ámbito eclesiástico y la necesidad de contar con una banda que atendiera los actos públicos de la ciudad.

Ya desde 1837 consta documentalmente la existencia de una «banda de música de la ciudad» (así llamada), presente en celebraciones civiles, religiosas y políticas, organizada y dirigida por Saturio Lindres de Arnedo —precisamente músico de la capilla de la iglesia mayor—. Y aunque a veces en las facturas el propio Lindres la denomina «banda de música militar», se trataba de una banda civil en el sentido práctico, acorde con los usos de la época. Lindres no sólo ejercía como director, sino que era el responsable de gestionar las actuaciones y los pagos, manteniendo una relación directa con el Ayuntamiento.

La decisión de los ediles municipales de oficializar la banda llegó tras comprobar las consecuencias de su desorganización a mediados de la década de 1840. La ausencia de música en actos oficiales, especialmente en los recibimientos y despedidas de la familia de los Duques de Montpensier, grandes aficionados a la música y figuras clave en la vida social sanluqueña, provocó una llamada de atención por parte del gobernador civil. Este hecho llevó al consistorio a acordar, el 12 de noviembre de 1852, la creación de una banda municipal con carácter oficial, reconociendo institucionalmente la formación que ya dirigía Saturio Lindres y garantizando su presencia en las principales celebraciones de la ciudad.

Desde entonces y hasta principios del siglo XX, la historia de la Banda Municipal de Sanlúcar estuvo marcada por una sucesión constante de directores, reorganizaciones y disoluciones, reflejo de una estructura débil y de una relación inestable con el Ayuntamiento. Entre los principales responsables musicales de este largo periodo se encuentran Saturio Lindres de Arnedo (1852–1857), Luis Ayllón de Soto (1864–1866) —con quien se inició formalmente la Academia Municipal de Música—, Manuel Díaz (1866–1867), Eduardo Gutiérrez Henríquez (1868–1872), José Abollado Vaquerizo (1872–1875), Lucas Mayo Barriguete (1875–1880), Luis Fernández Saura (1880–1887), Francisco Peña Castro (desde 1890, de forma intermitente), así como otros directores que encabezaron bandas paralelas en distintos momentos.

Más allá de los nombres propios, este periodo se caracteriza por una relación precaria entre la banda y el Ayuntamiento, basada en acuerdos informales, pagos por actuación y una continua competencia entre formaciones públicas y privadas. La música municipal quedó sometida a criterios económicos inmediatos, sin una planificación estable ni un proyecto artístico a largo plazo. Esta situación derivó, a comienzos del siglo XX, en un estado claramente lamentable de la llamada Banda Municipal, tanto en lo organizativo como en lo artístico, creando un escenario de decadencia e incertidumbre que explica la necesidad de una profunda renovación en las décadas siguientes.

1904–1918

Primera foto que se conserva de los músicos de la Banda Municipal (ca. 1914). De izquierda a derecha son: José Seco (caja), dos tubistas sin identificar, Eduardo Domínguez (bombardino), José Romero (bombardino) y Rafael Romero (clarinete).

La primera gran etapa estable

En 1904, ante la situación decadente de la banda, el Ayuntamiento de Sanlúcar creó la plaza de director municipal con categoría de funcionario de plantilla, aportando así la estabilidad necesaria para iniciar la primera etapa realmente sólida de la Academia y Banda Municipal de Música de Sanlúcar.

Esta plaza fue obtenida mediante examen por Mateo Alba Rodríguez (Zafra, Badajoz, 15 de septiembre de 1867), quien llegó a Sanlúcar a finales de 1904, avalado por su experiencia como director de las bandas municipales de Zafra y Badajoz, pianista, violinista y compositor con obras estrenadas en teatros nacionales, formado en la Escuela Nacional de Música y Declamación —hoy Real Conservatorio Superior de Música de Madrid— con Emilio Arrieta.

Desde el principio, Alba se ganó el respeto y el afecto de la ciudad. Educó musicalmente a numerosos jóvenes sanluqueños, consiguió músicos capacitados para actuar, y, a pesar de la escasez de instrumentos en buen estado —que solventó avalando su adquisición con bienes de su esposa—, elevó el repertorio a obras de mayor nivel, logrando incluso actuaciones fuera de la ciudad, como en la feria de Jerez.

Logró que el Ayuntamiento aprobara el primer Reglamento de la Academia y Banda Municipal de Sanlúcar (1912), que establecía jornales diarios para los músicos; una estructura modesta pero histórica que sentó las bases de la profesionalización de la banda.

Mateo Alba falleció prematuramente el 26 de mayo de 1913, a los 45 años. Su entierro fue solemne y multitudinario: la Banda Municipal acompañó su féretro con marchas fúnebres hasta el cementerio, en señal del cariño y respeto que le profesaba la ciudad.

Tras él asumió la dirección Enrique Anadón González, músico de primera de Infantería madrileño que llevaba un par de años viviendo en Sanlúcar, y que dimitió en 1917 tras permanecer cuatro años al frente.

1918–1953

La Banda Municipal de Sanlúcar en 1928, antes de salir hacia Écija para participar en el Concurso Regional de Bandas Municipales que terminó ganando.

Segunda gran etapa

En 1918 llegó Julián Cerdán Murillo (Acedo, Navarra, 1877), músico militar retirado con un extenso y brillante currículum, iniciando la segunda gran etapa dorada de la Banda Municipal, marcada por la estabilidad laboral y artística.

Bajo su dirección se aprobaron el Reglamento de 1924 y el Reglamento de 1931, los cuales reflejaron la progresiva profesionalización de la banda: el primero mejoraba ligeramente las condiciones económicas de los músicos, mientras que el segundo introdujo un sistema más sólido, con músicos principales cobrando salarios dignos y una estructura jerárquica clara que consolidaba la banda como institución estable.

Este director no sólo impulsó la banda de música, sino que creó paralelamente una formación de cornetas y tambores que actuaba junto a ella en procesiones, conciertos y pasacalles, pero también de manera independiente. La banda de Sanlúcar se convirtió en referente musical en la ciudad y en su entorno andaluz, obteniendo el Primer Premio por unanimidad en el Concurso Regional de Bandas Municipales (Écija, 1928) y participando en las Semanas Santas de Jerez y Sevilla, donde acompañó al palio de la Virgen del Socorro en 1941.

Julián Cerdán fue también un prolífico compositor, dejando decenas de partituras de corte popular, pasodobles y bailables con los que conquistó al público sanluqueño. Amigo cercano de Joaquín Turina, se jubiló en 1952 tras 34 años al frente de la banda, convirtiéndose en el director más longevo de su historia.

1953–1967

La Banda Municipal de Sanlúcar, con Marino Díaz (de pie, sobre la tarima, a la derecha), durante una actuación con motivo de las fiestas de Exaltación al Río Guadalquivir en 1961.

Tercera gran etapa y fin de la Banda Municipal

Tras la jubilación de Julián Cerdán en 1952, se volvió a convocar la plaza de director de municipal, la cual obtuvo Marino Díaz Díaz (Cebreros, Ávila, 18 de junio de 1901), músico de gran formación que estudió con Román de San José en la Academia de Intendencia (Ávila), con Luis Emilio Vega (director de la Banda de Alabarderos —actual Guardia Real—) y con el célebre Conrado del Campo en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, lo que le permitió desarrollar un estilo depurado como músico y particularmente como compositor, ganando varios premios nacionales.

Antes de venir a nuestra ciudad, había dirigido con éxito varias bandas municipales: Arévalo (Ávila), Baena (Córdoba) y Villanueva del Arzobispo (Jaén). En todas ellas aplicaba un método propio: nuevo reglamento, renovación del instrumental, formación de músicos y enriquecimiento del repertorio.

Díaz llegó a Sanlúcar en abril de 1953, cuando la banda contaba con 23 músicos. Desde el primer día impartió clases, formó nuevos alumnos e impulsó una gran reforma. En 1955 presentó un proyecto de Reglamento (aprobado finalmente en 1958) que mejoró significativamente las condiciones económicas y laborales de los músicos, estableciendo sueldos dignos por categorías y pagas extraordinarias. Esta reforma profesionalizó la banda, asegurando estabilidad y consolidando su prestigio artístico.

En sus primeros cinco años como director, Díaz había formado ya a unos 140 alumnos, de los cuales 60 contaban con instrumento y 14 pasaron a formar parte de la banda. La plantilla aumentó de 23 a 27 músicos, y se estrenaron más de 200 obras entre transcripciones y composiciones propias.

Sin embargo, en 1963, la nueva legislación musical española —que debía mejorar la situación de los músicos— fue aprovechada por el Ayuntamiento sanluqueño para dar marcha atrás al Reglamento de 1958, que le obligaba a mantener sueldos fijos y una estructura estable. A cambio de una promesa de mejora económica puntual, se volvió al sistema de convenio anual prorrogable, recuperando una relación laboral precaria que beneficiaba claramente al consistorio. Así pues, cuando Marino Díaz se jubiló en 1966, siendo su puesto el único verdaderamente municipal que quedaba, el Ayuntamiento eliminó la plaza de director en 1967, poniendo fin a la Academia y Banda Municipal de Sanlúcar como institución estable.

1967–hoy

La Banda Julián Cerdán, en una foto reciente.

Etapa actual

Tras la desaparición efectiva de la Academia y Banda Municipal en 1967, y sin ningún reglamento ni vínculo estable con el Ayuntamiento más allá de la promesa de convenios anuales, la banda pasó a denominarse Banda de Música Santa Cecilia. Dos músicos sanluqueños, Luis Romero Muñoz y Enrique Alfaro Amores, se turnaron en la dirección con el objetivo de mantener con vida tanto la banda como la escuela, aunque finalmente terminaron disolviéndose en 1975.

Después de varios intentos fallidos, en 1980 se logró su recuperación mediante la creación de una asociación privada, adoptando el nombre de Julián Cerdán en homenaje al maestro que la había llevado a su momento de mayor esplendor. El primer director en esta nueva etapa fue Rafael Rodríguez Márquez (1980–1984), antiguo músico y discípulo de Julián Cerdán, y principal impulsor de la denominación. Le siguieron Salvador Daza Palacios (1984–1989), José Manuel Fernández Pérez (1989–1990), José Antonio López Camacho (1990–2010) y, desde 2010 hasta la actualidad, Justo Manuel Jiménez Fábregas.

Ya como institución plenamente privada, la Banda Julián Cerdán ha vivido un notable resurgir gracias al trabajo sostenido de su escuela de música, al compromiso de sus músicos y a una gestión que ha permitido consolidar un proyecto artístico y formativo sólido. Cientos de alumnos se han formado en su escuela, muchos de los cuales han pasado a integrar la propia banda o han continuado estudios musicales reglados, contribuyendo directamente a la mejora de su nivel interpretativo.

Un hito significativo de este periodo fue la incorporación en 1987 de la primera mujer a la banda, la oboísta sanluqueña Concha Gallego, reflejo de una evolución acorde con los cambios sociales y culturales del tiempo.

A lo largo de estos años, la Banda Julián Cerdán ha venido desarrollando una intensa actividad concertística, participando en festivales de referencia y actuando en escenarios de primer nivel, tanto en Andalucía como fuera de ella, al tiempo que ha mantenido un estrecho vínculo con la música procesional. Desde 1999 acompaña de forma ininterrumpida a la Hermandad de los Javieres de Sevilla, además de colaborar con otras corporaciones y participar en destacadas Semanas Santas de distintas ciudades andaluzas, siendo una banda ampliamente reconocida y solicitada.

Su relevancia artística se ha visto reforzada por encargos y dedicatorias como las obras Magallanes (2002) y Sanlúcar de Barrameda (2005) del compositor Ferrer Ferrán, así como por la atención académica recibida en estudios y publicaciones especializadas. A esto se suman diversos galardones, entre ellos distinciones en certámenes autonómicos y el Premio a la Excelencia Cultural concedido por el Ayuntamiento de Sanlúcar.

En 2010, y como paso lógico en este proceso de consolidación, se creó además una Fundación con el objetivo de preservar, proteger y proyectar en el futuro el legado cultural de la Banda Julián Cerdán en Sanlúcar de Barrameda.

En la actualidad, la Banda Julián Cerdán constituye uno de los referentes culturales más sólidos y representativos de su ciudad, fruto de una trayectoria marcada por la superación, la continuidad y el reconocimiento social.

Bibliografía

DAZA PALACIOS, Salvador: Cultura, sociedad y política en Sanlúcar de Barrameda: Historia de la Banda Municipal de Música (1852-1967). Sanlúcar de Barrameda: Pequeñas ideas editoriales, 2001. 265 p.
DAZA PALACIOS, Salvador: Música y sociedad en Sanlúcar de Barrameda (1600-1975). Sevilla: Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, 2009. 661 p.
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